Usaría una metralleta, no estilo guerra (con empuñadura de madera y muy grande) sino más bien al estilo mafioso de los 80: pequeña pero que dispara muchas balas y muy rápido.

Entraría con una gabardina negra –y la metralleta debajo, claro– discretamente. Me iría a la planta de videojuegos. Llegado el momento, tiraría la gabardina al aire y descubriría la metralleta. Sutilmente dispararía una ráfaga de unos 40 disparos al techo al grito de quieto todo el mundo. La gente se tiraría al suelo y me pondría encima de una mesa (intentando no romper nada).

- ¡Quiero una Nintendo Wii y la quiero ahora mismo o empezará a morir gente!

El vendedor –con cara de mala persona– me intentaría persuadir de que tienen mucho dinero dinero en la caja pero no les quedan Nintendo’s Wii.

Ratatatatatatatatatatatatatata!!! (Un vendedor muerto, un vendedor menos).

- ¡¡Quiero una Nintendo Wii y no quiero nada que no sea una maldita Nintendo Wii con su Wii Motion plus y sus nunchakus. Y el Wii Sports!!

La gente se pondría nerviosa y algunos estarían pensando en qué tipo de videojuegos he jugado para que me lleven a hacer este tipo de atrocidades. Otros pensarían en prohibir los videojuegos y otros en sus familias y en que quieren salir vivos de ahí. Una de las chicas me estaría mirando el culo –por lo del síndrome de Estocolmo.

El encargado llamaría a la otra sede y pediría una Nintendo Wii. Para ese momento ya estaría saliendo por las radios porque algún valiente habría mandado un SMS contando mis exageradas ganas de echar una partida al Wii Sports.

Finalmente, después de dos horas y seis vendedores menos (por la ansiedad) me traerían mi Nintendo Wii. La entraría un policía de paisano al que saludaría con amabilidad y le pediría que cerrase la puerta con cuidado al salir. Pediría a la chica mirona que la abriera y mirando al único vendedor vivo -el que parecía honesto- gritaría:

- ¡Ahora quiero una tele de plasma!

Dicho y hecho, tendría mi Wii con mi tele de plasma. Pediría que se apartasen un poco mis nuevos amigos tirados en el suelo (no quisiera hacerles daño con algún golpe de mando de la Wii, que luego sales en Youtube) y echaría mi partida con la del síndrome de Estocolmo.

Después de diez minutos jugando, pediría si me la pueden envolver para regalo y bajaría a la planta de cosmética a buscar un perfume deseando que lo tuvieran en stock.

Escrito por: Pau Garcia-Milà